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Homenaje Póstumo

Hay hombres que pasan por la vida con excepcional sobriedad y sencillez, dejando, al partir, un inmenso vacío y una huella profunda en sus familiares, amigos y compañeros de trabajo. Sin lugar a dudas, uno de esos hombres fue el Coronel Milton Andrade Cabrera. Estreché su mano firme y amistosa, por última vez, a mediados de Diciembre, al finalizar nuestra reunión del Consejo Académico de la Escuela Militar “Capitán General Gerardo Barrios”. Todavía están frescas en mi memoria su voz suave y su amable sonrisa. Nos despedimos deseándonos feliz año, con ese espíritu navideño de alegría y concordia que era tan natural en él, sin sospechar que el Supremo Comandante tenía previsto darle pronto el más grande ascenso y su traslado definitivo.

Su partida coincidió con el décimo aniversario de los Acuerdos de Paz. Interesante coincidencia para un militar que tuvo que pelear en la guerra, pero se sintió mucho más a gusto construyendo la paz. El Coronel Andrade sabía muy bien que la paz necesita instituciones sólidas que crean en ella y la defiendan, pero necesita también personas que la promuevan día a día, con mente abierta y ánimo recto, con respeto genuino al derecho ajeno, sin alardes ni vanidades, con disposición de sacrificio y servicio más allá de la obligación. Nuestro buen amigo encarnó ejemplarmente todos esos valores y se preocupó, de manera especial, por hacer de ellos el distintivo de la Fuerza Armada y de las nuevas generaciones de oficiales. Su infatigable esfuerzo al frente de las operaciones aéreas de rescate y ayuda después de los terremotos; la sensibilidad, firmeza y transparencia con que manejó el incidente de la muerte de uno de sus cadetes a consecuencia del abuso y de la cobardía de otros cadetes; la creación del Museo de la Aviación, inaugurado pocas semanas antes de su muerte, son sólo unos ejemplos de su valiosa contribución a la consolidación de una Fuerza Armada servicial, honesta, disciplinada y creativa, tal como la necesita nuestro país en su esfuerzo por lograr una paz justa y duradera.

La noticia de la trágica muerte del Coronel Andrade compartió tiempo y espacio, en los medios de prensa, con los reconocimientos y las críticas sobre el cumplimiento de los Acuerdos de Paz. No puedo evitar pensar que tales reconocimientos serían más merecidos, y las críticas menos necesarias, si cada salvadoreño, en su respectivo ámbito de vida y trabajo, pusiera todo su empeño, como lo hizo el Coronel Andrade, en satisfacer las exigencias y aprovechar las posibilidades derivadas de los Acuerdos de Paz. En repetidas ocasiones se ha reconocido que la Fuerza Armada es la institución que mejor ha cumplido la letra y el espíritu de los acuerdos, uno de los cuales fue la creación del Consejo Académico de la Escuela Militar, que ha sido una experiencia exitosa de reconciliación y trabajo armónico entre civiles y militares, entre salvadoreños de diversas ideologías. Ni la Fuerza Armada ni el Consejo Académico de la Escuela han necesitado vigilancia o presiones para hacer las cosas bien. En ambos casos, el verdadero patriotismo y la calidad humana y profesional de personas como el Coronel Andrade han sido la clave del éxito.

A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Nuestro país tiene mucho que agradecer a este gran jefe militar, que guiaba con el ejemplo y exigía con la autoridad que solo tienen los hombres rectos y sensatos. Desde el Consejo Académico de la Escuela Militar nos encargaremos de que los nuevos oficiales conozcan sus virtudes y signa sus pasos.

Artículo publicado el Domingo 27 de Enero de 2002 en La Prensa Gráfica en el segmento OPINIÓN por el señor Joaquín Samayoa.

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